Los Capuchinos y la Cofradía de “Abajo”: crónica de una vinculación centenaria.

 

Por Juan Félix Luque Gálvez

 Publicado en la Revista Pregón, año 2005.

 

 

Sabida es la vinculación que existe entre la Orden de Frailes Menores Capuchinos y la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús y Nuestra Señora de la Paz, fundamentalmente por la condición de la comunidad antequerana de capellanes de la Archicofradía y de rectores de la Basílica consagrada a sus titulares, pero quizá no sea tan conocido que esa relación es el corolario de sucesivos contactos que se han prolongado durante siglos.

 

En todo caso no podía ser de otro modo, dada la acendrada devoción de la Familia Franciscana al Nombre de Jesús, pues junto a Jesuitas y Dominicos constituyen los tres pilares básicos de la difusión de su culto, y estas dos últimas órdenes no se encuentran actualmente asentadas en Antequera. Ya los biógrafos[1] de S. Francisco recogen que el Nombre de Jesús estaba en su boca "como la miel en el panal"; y él mismo escribió, "ningún hombre es digno de decir Tu Nombre"[2]. S. Bernardo dedicó con especial ardor sermones enteros al Nombre y S. Buenaventura exclamaba, "Oh, alma, si escribes, lees, enseñas, o haces cualquier otra cosa, que nada tenga sabor alguno para ti, que nada te agrade excepto el Nombre de Jesús"[3].

           Pero los promotores más destacados de esta devoción fueron San Bernardino de Siena y San Juan Capistrano. Llevaron consigo en sus misiones por Italia una copia del monograma del Santísimo Nombre -IHS- rodeado de rayos dorados, pintado en una tabla de madera, con el cual bendecían a los enfermos y obraban grandes milagros. Al finalizar sus sermones mostraban el emblema a los fieles, les pedían que se postraran a adorar al Redentor de la humanidad y les recomendaban que lo tuviesen ubicado sobre las puertas de sus ciudades y casas. Debido a que la manera en que San Bernardino predicaba esta devoción era nueva, fue acusado de herejía y llevado al tribunal del papa Martín V. Pero San Juan Capistrano defendió a su maestro tan exitosamente que el Papa no sólo permitió la adoración del Santísimo Nombre, sino que asistió a una triunfal procesión por Roma en la que se llevaba el Santo Monograma. La tabla[4] usada por San Bernardino se sigue venerando en Santa María de Ara Coeli en Roma, y sobre ella está precisamente basado el escudo histórico de la Cofradía.

            San Jaime de la Marca, San Leonardo de Porto Maurizio, los beatos Alberto de Sarteano, Bernardino de Feltre, Mateo de Agrigento, Marcos Fantuzzi de Bolonia, Honorato de Biala y muchos otros franciscanos fueron apóstoles y difusores de esta devoción.

             También fueron los Franciscanos los primeros en celebrar una memoria exclusivamente dedicada al Nombre de Jesús, pues Clemente VII concedió la fiesta a los Frailes Menores en 1530, desligándola por primera vez de la festividad de la Circuncisión, posteriormente en 1721 Inocencio XIII, cediendo a la devoción popular, la declaró fiesta universal para toda la Iglesia; y si bien tras el Concilio Vaticano II desapareció como tal, recientemente S.S. el papa Juan Pablo II en la última revisión del Misal Romano ha recuperado para el calendario litúrgico esta secular devoción, fijándola el día 3 de enero[5].

  En lo estrictamente atinente a Antequera, baste recordar como la Hermandad se estableció en 1581 en el cenobio franciscano de Sta. María de Jesús, aunque a su llegada los Dominicos hicieron valer sus privilegios para trasladarla a su convento, no sin antes entablarse un largo pleito que sería dirimido tres décadas después por la Rota Romana. Pero el momento que más nos interesa se ha de fijar en el s. XIX, cuando las sucesivas leyes desamortizadoras provocaron la exclaustración de todas las comunidades masculinas de la ciudad, entre ellas las de Capuchinos y Dominicos. La Archicofradía continuaba erigida en el convento de esta última orden, y conseguiría de su Hermana Mayor, la reina Isabel II, que le fuera cedido el correspondiente templo, que restauró y reformó para dedicarlo a sus titulares. Fue entonces cuando la Providencia dispuso que el destino de las dos instituciones se hubiera de cruzar en un momento crucial para ambas.

 

En efecto, todos los conventos de Capuchinos de España habían resultado suprimidos, pero en 1867 la situación política parecía propicia para la intención de restablecer una casa, así pues la Orden comisionó a un destacado miembro, Fr. Pablo Benigno Carrión, Obispo de Puerto Rico[6], quien obtuvo el favor de la Reina[7] y los beneplácitos para tal misión del general Narváez, Presidente del Gobierno, remitiéndolo a Loja, la ciudad natal de éste, donde le cedió un antiguo convento de Mínimos para este menester.

 

Precisamente en esas fechas la Cofradía se disponía a consagrar el reconstruido templo, ceremonia oficiable tan sólo por un obispo, pero para entonces el de Málaga, D. Juan Nepomuceno Cascallana, había caído gravemente enfermo[8]; a la vista de que era necesario un sustituto, el conde de la Camorra[9], Teniente de Hermano Mayor a la vez que activo político, recabó la intercesión de su primo el general Narváez para que Fr. Pablo Benigno se desplazara a Antequera a celebrar el acto. Curiosamente se daba la coincidencia de que el prelado tenía experiencia en este tipo de ceremonias[10], ya que sólo dos años antes fue el encargado de consagrar la Catedral de San Juan de Puerto Rico, tras 344 años de obras. De esta manera, finalmente la que fuera iglesia de la Concepción fue consagrada al Dulce Nombre de Jesús y María Santísima de la Paz el día 19 de enero de 1868, festividad del Santísimo Nombre de Jesús.

 

Las circunstancias se torcerían pronto para nuestro obispo: en marzo de ese mismo año muere Narváez, en septiembre estalla la revolución que destronó a la reina Isabel II y en 1871 muere él mismo sin completar su misión[11]. Pero la frustración de las expectativas de los Capuchinos fue tan solo transitoria, pues la huella que debió dejar en la ciudad Fr. Pablo Benigno tras su visita, haría posible que a la postre la restauración de la orden se llevara a cabo en Antequera.

 

En efecto, todo apunta a que el Obispo Carrión durante su estancia en nuestra ciudad[12], y dada la cercanía de la vecina Loja, intentó gestionar igualmente la restauración del convento antequerano con la ayuda de sus valedores lojeños, quienes tenían estrechas relaciones familiares y políticas en Antequera; de hecho el propio general tenía cierto parentesco también con los nuevos propietarios del antiguo templo capuchino. Hay que tener en cuenta que tras la desamortización el edificio fue adquirido por sus antiguos patronos, la familia Bilbao –para entonces ennoblecida como condes de Castillejo[13] -, quienes lo devolvieron al culto. Ciertamente aquel primer intento no se vería culminado, pero a la muerte sin descendencia del sexto Conde en 1870, en su testamento dejó dotación para el culto y la recuperación del cenobio, que había sido convertido en una fundición; quedando como albaceas y fideicomisarios del inmueble dos antequeranos, el conde de Colchado y don Ildefonso Palma Checa.

 

La restauración monárquica de 1875 facilitaría considerablemente la labor, ese mismo año un grupo de “piadosos señores antequeranos”, encabezados por los albaceas, se pone en contacto con el convento francés de Bayona, donde se encontraban algunos capuchinos españoles exclaustrados, “ofreciéndoles todo cuanto necesitaran para habitar en la ciudad de Antequera”[14]. Escasas semanas después llegarían a Antequera los padres Esteban de Andoáin y Saturnino de Artajona -oficialmente para realizar una simple “misión”-, siendo recibidos por las autoridades religiosas y civiles, encontrándose al frente de estas últimas  el Alcalde D. Juan de Dios Pareja-Obregón, hijo del conde de la Camorra. A partir de aquí los trámites se acelerarían extraordinariamente, pero sobre todo sería determinante la intervención de otro destacado cofrade "de Abajo", el ministro Romero Robledo[15], quien puso especial interés en que éste fuera el primer convento en abrirse en España, facilitando la entrada de los frailes en el país, así como el preceptivo permiso gubernativo para la fundación. Con su contribución, y las aportaciones de la testamentaría del conde de Castillejo y de otros antequeranos se pudo rehabilitar el convento, del que tomó posesión la comunidad el día de San José de 1877, quedando de esta forma restaurada la Orden Capuchina en  España[16].

 

Desde entonces, con independencia de las designaciones de la Autoridad eclesiástica para la capellanía, la vinculación nunca se ha abandonado; cabe recordar la destacada intervención durante años de predicadores capuchinos en las novenas cuaresmales de la Cofradía, o la manifiesta devoción de miembros de la orden hacia los titulares de la corporación; especial mención merecen los casos de fray Gonzalo de Córdoba y del Venerable Siervo de Dios fray José de Chauchina[17] que tan sentidos panegíricos, tanto en prosa como en verso, dedicaran al Dulce Nombre de Jesús y a Nuestra Señora de la Paz.

 

 

 

NOTAS


 

[1] Tomás de Celano, biografía.

[2] S. Francisco de Asís, Alabanzas compuestas cuando el Señor le aseguró Su Reino.

[3] S. Buenaventura, Opúscula.

[4] Conocida como Oriflama de S. Bernardino.

[5] Tradicionalmente la devoción al Nombre de Jesús se venía asociando a la de la Circuncisión, pero ya a finales del s. XV se celebraba de forma independiente en algunas diócesis de España, Alemania, Bélgica, Escocia e Inglaterra. Concedida oficialmente a los Franciscanos el 25 de febrero de 1530, se adoptó rápidamente por el resto de la Iglesia: Franciscanos, Carmelitas y Agustinos la fijaron el 14 de enero, Dominicos el 15 del mismo mes, en Inglaterra y Escocia se determinó el 7 de agosto, en Lieja el 31 de enero y en Compostela el 8 de enero. Los Cartujos obtuvieron en 1643 licencia para celebrarla el segundo domingo después de la Epifanía, fecha que pronto se extendió por España y, desde 1721 por toda la Iglesia, tras ser recogida por Inocencio XIII como fiesta universal en el Breviario Romano. Finalmente en 1913 la fecha fue unificada por Pío X  en el domingo entre la Circuncisión y la Epifanía o, en su defecto, el día 2 de enero, para acercarla así a la originaria Solemnidad de la Circuncisión. Sin embargo, tras su supresión en 1969, habiendo quedado la liturgia reducida a misa votiva, la Cofradía había seguido manteniendo la celebración en ésta última fecha.

[6] Fr. Pablo Benigno Luís (Vicente) Carrión había nacido en Málaga en 1798, tras ingresar en la Orden Capuchina y ser exclaustrado fue ordenado obispo en 1858, con licencia de la Santa Sede emprendió la misión de reorganizar la Orden en España, siendo nombrado Comisario de todos los conventos que estableciera; murió en 1871 mientras realizaba una visita pastoral a las zonas rurales de la isla de Puerto Rico, sin ver realizado su cometido.

[7] Es posible que el desconocido eslabón que pondría en contacto al Obispo de Puerto Rico con el círculo lojeño-antequerano estuviera en el Arzobispo de Santiago de Cuba, S. Antonio Mª Claret, por entonces confesor de la Reina.

[8] De hecho moriría pocas semanas después.

[9] El conde de la Camorra, D. Francisco de Paula Pareja-Obregón y Rojas Narváez, estuvo durante varias décadas al frente de la Cofradía, también ostentó los cargos de alcalde de Antequera y, posteriormente, de Málaga.

[10] La ceremonia de consagración o dedicación de un templo va mas allá de la simple bendición, que es lo que más comúnmente se practicaba en las iglesias, y resulta requisito inexcusable para reconocer el rango de Basílica. Consiste básicamente en la unción con óleo sagrado del altar y de doce cruces de piedra en sus paredes.

[11] El Obispo Carrión había conseguido el favor de la Reina, el Gobierno del general Narváez le cedió sitio en El Pardo y el antiguo convento de Mínimos de Loja, donde llegó a abrir sendos conventos; en esta última ciudad le sorprendería la revolución de 1868. Los frailes, a escasos dos meses de la fundación, fueron “arrojados por el populacho” de las casas en que habían reemprendido la vida conventual. Carta del P. Llerena, Comisario Apostólico de los Capuchinos en España de 21 de noviembre de 1876, transcrita en Alberto de Galaroza,  Apuntes para la Historia de la Restauración de los Capuchinos en España: Antequera y Sanlúcar en Estudios Franciscanos 78 (1977), pág. 489; citando a Melchor de Pobladura, El P. José Calasanz, 21-24.

[12] Probablemente estuviera en varias ocasiones en Antequera, pues el general Narváez solía pasar temporadas en la ciudad, en la que tenía estrechos lazos familiares, como con el conde de la Camorra o los marqueses de la Vega de Santa María y de Cauche. Al propio tiempo otros destacados políticos de la época, como los ministros Luís Sartorius conde de San Luís (pariente del antequerano marqués de Cela), Cayetano Urbina y Daoiz (tío del conde de Cartaojal) o el marqués de la Vega y Armijo (también conde de Bobadilla) igualmente estaban vinculados a la ciudad. A. Parejo, Revolución liberal y élites  locales. Dos ejemplos antequeranos de la segunda mitad del siglo XIX, en De Economía e Historia, Estudios en Homenaje de José Antonio Muñoz Rojas, Antonio Gómez Mendoza y Antonio Parejo (Eds.) Málaga 1998.

[13] Tras la muerte sin descendencia del sexto conde de Castillejo, D. Francisco de Bilbao y Varona, el título pasó a D. José Mª de Campos y Varona. Los Campos, condes de Cañada Alta, constituían una familia de la pequeña nobleza agraria con solar y señoríos en Loja. Los Campos y Varona eran primos del también lojeño general Ramón María de Narváez y Campos, duque de Valencia y Presidente del Gobierno; y miembros de una familia muy implicada en la política – Joaquín militó en el partido Liberal de Sagasta, y José Mª fue militar como su pariente Narváez, llegando a desempeñar el cargo de Gobernador en varias provincias-. El hijo de éste, el siguiente conde de Castillejo, D. Ramón de Campos y Cervetto, fue diputado por Loja en las listas del partido Conservador de Cánovas, y alcalde de la misma ciudad; también eran parientes cercanos del ministro Carlos Marfori (favorito de Isabel II, alcalde de Madrid, diputado por Loja y finalmente senador vitalicio), quien a su vez era sobrino político de Narváez; precisamente a un hijastro de Marfori, hermano consanguíneo del conde de Castillejo, Fernando de Campos y Fernández de Córdoba, le sería concedido el título de marqués de Loja. Todos ellos tenían estrechos vínculos familiares y políticos con la aristocracia antequerana.

[14] Alberto de Galaroza, Ob. Cit., p. 480.

[15] El que fuera Mayordomo y Hermano Mayor Honorario de la Cofradía, en aquel momento era Ministro de Gobernación, luego lo sería de Ultramar y de Gracia y Justicia, para finalmente ser nombrado Presidente del Congreso.

[16] P. Rafael Mª de Antequera, Vida de la S. de D. Madre Carmen del Niño Jesús, Sevilla 1953, pp. 83-107

[17] Actualmente en proceso de beatificación junto a otros seis mártires capuchinos asesinados en Antequera en 1936.