LA ESCULTURA DE LA VIRGEN DE LA PAZ

 

Por Jesús ROMERO BENÍTEZ

 De la publicación conmemorativa “NTRA. SRA. DE LA PAZ,

 X aniversario de su Coronación canónica, Antequera 1988-1998”.

 Se trata, con toda seguridad, de la obra más popular y admirada de Miguel Márquez, sin lugar a dudas el último maestro escultor del barroco antequerano. Márquez, que nace cuando los talleres de la ciudad -entre ellos el de su padre- están a pleno rendimiento, realizará hasta su muerte una obra estéticamente anclada en un barroquismo ya muy tardío, que termina encontrando refugio, casi siempre, en la escultura de tamaño menor destinada a las clausuras conventuales o al culto doméstico.  

Fue hijo del escultor antequerano Diego Márquez y Vega y de Juana García Femández, siendo el tercero de cuatro hermanos. Nacido el 4 de septiembre de 1767, en la calle Calzada, y bautizado seis días después en la Colegiata de San Sebastián, recibió el nombre de Miguel José María de los Dolores. Otro dato reseñable de su vida es el de su boda, que tuvo lugar también en San Sebastián el 17 de octubre de 1802 con Francisca de Sales Angulo y Bordás, cuando nuestro artista contaba la edad de treinta y cinco años. 

El estilo de Miguel Márquez encuentra su referencia más clara en la obra escultórica de su progenitor, dándose la circunstancia de que, a veces, resulta casi imposible saber diferenciar las obras de uno y de otro. Dentro de la copiosísima producción escultórica de Miguel Márquez -hoy repartida por iglesias, clausuras y colecciones particulares-, lo que le ha dado más popularidad, sin ninguna duda, han sido sus "dolorosas' de vestir de tamaño natural, particularmente aquellas que son procesionadas en la Semana Santa antequerana.  

El modelo de rostro de "dolorosa' de Márquez tiene su más egregio precedente en el busto existente en el altar de San Pedro de la Colegiata de San Sebastián, obra firmada y fechada -en el interior del embón- por su padre, Diego Márquez, en 1757. La cabeza, ligeramente inclinada hacia su derecha, presenta un rostro de óvalo finísimo, aunque algo desencajado a causa del llanto; la boca entreabierta, con una especie de temblor nervioso en el labio superior, y la inclinación de las cejas en rictus de dolor, contribuyen a dar una impresión de sosegado dramatismo en silencio. Las manos, juntas, con los dedos entrelazados y pegadas al pecho, completan la composición de la media figura, envuelta por unos paños de valiente plegado y corte berninesco.  

La imagen de la Virgen de la Paz, que aquí nos ocupa, titular de la Arclúcofradía del Dulce Nombre de Jesús y Ntra. Sra. de la Paz, puede considerarse como uno de los mayores aciertos estéticos de Miguel Márquez, a pesar de tratarse de una imagen de candelero o de vestir. Su fama de ser Virgen de rostro bonito parte desde el mismo momento de su realización, lo que ha quedado ampliamente reflejado en toda una literatura localista, de tono bastante convencional en la mayoría de los casos.  

En realidad este rostro viene a recrear las facciones de la Dolorosa de Diego Márquez -comentada más arriba-, si bien más dulcificadas en la expresión. Digamos que Miguel opta por una mayor estilización de rasgos, perdiendo en dramatismo expresivo lo que gana en preciosismo. Como concesión al momento tan avanzado (1815) hay que entender su perfil neoclásico de nariz recta y un óvalo facial inspirado en la estatuaria clásica. De hecho, viene a coincidir puntualmente con lo que en Sevilla se ha dado en llamar las 'dolorosas del XIX', destacando las del escultor Juan de Astorga.  

La noticia sobre la autoría de la Virgen de la Paz a Miguel Márquez parte de José María Fernández, quien dice conocer este dato así como la fecha de ejecución de la imagen, aunque los pone en duda por no coincidir -según él- con el estilo de este artista. En realidad los datos que le llegan a Fernández por transmisión oral son totalmente ciertos -pensemos que Márquez muere en 1826 y Fernández nace en 1881-, si bien nuestro ilustre pintor no llegó a estudiar ni a conocer en profundidad la obra del escultor.  

En cualquier caso lo que no presenta la más mínima duda es que, a tenor del conocimiento que hoy tenemos de la obra del artista, el estudio directo de la imagen nos lleva a afirmar con plena rotundidad que la imagen de la Virgen de la Paz es obra de Miguel Márquez García y una de sus más logradas creaciones.  

La policromía original, recuperada en su totalidad tras la restauración efectuada el año 1991 en los talleres de la Cartuja de Sevilla, es de pálidos tonos rosáceos como corresponde a la paleta de nuestro artista. El cabello, que está tallado en sencilla melenita dejando despejado el elegante cuello, conserva la policromía de matices casi rubios. Como detalle que apenas advierte casi nadie, hay que decir que la boca está ligerísimamente abierta, teniendo tallados los dientes de manera apenas insinuada.  

En otro orden de cosas, ignoramos aún las causas por las que la Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús y Ntra. Sra. de la Paz -con sede en su capilla propia del convento de Santo Domingo- decide encargar nueva imagen titular de la Virgen, en 1815, a Miguel Márquez. El culto a esta advocación mariana, en esta cofradía, está perfectamente documentado desde el año 1633; es más, la actual peana procesional -magnífica pieza barroca realizada por el escultor antequerano Antonio del Castillo en 1682- se hizo para la anterior imagen de la Virgen de la Paz, como en su día dio a conocer el Padre Andrés Llordén. En cualquier caso, ante la falta de documentación que justifiquen esta sustitución, habrá que pensar en un deterioro avanzado de la antigua imagen o quizás en algún accidente sin determinar; tampoco podemos desechar un simple deseo de cambio. 

Dos años después, en 1817, Márquez talla la imagen de la Virgen de los Dolores, de la Cofradía de Servitas del convento de Belén, cobrando la cantidad de 2.730 reales. En esta ocasión el cambio obedeció a un incendio producido en el camarín del antiguo templo de los carmelitas descalzos.