Entre el fervor religioso y la fiesta popular:

la Semana Santa Antequerana a comienzos del siglo XX.

 Por Antonio Parejo Barranco.

Publicado en la Revista Pregón, año 1995.  

Aunque todavía es poco lo que sabemos sobre la Semana Santa antequerana de comienzos de nuestro siglo, parece haberse extendido entre los especialistas la impresión de que fue entonces cuando se produjo un amplio proceso de renovación que afectó al desarrollo de los cultos, la reorganización de las cofradías y el propio transcurso de los desfiles profesionales, que, a grandes rasgos, adquirieron en aquellos momentos las características externas con las que todavía hoy pueden definirse1.

Las fechas y los protagonistas de este impulso no están tan claros, si bien parece fuera de toda duda el papel aglutinador que desempeñó el político conservador y alcalde durante dos legislaturas José León Motta2. Junto a él, otros destacados miembros de la burguesía local lideraron un empeño en el que de nuevo confluían religiosidad y tradición popular con las aspiraciones de prestigio social por parte de determinadas familias, herederas -reales o pretendidas- de las que en los siglos XVI y XVII, y por supuesto con connotaciones totalmente distintas, habían promovido y financiado el nacimiento de las primeras cofradías antequeranas (Narváez, Chacón, Rojas, etc.). Rafael Rosales Salguero y Rafael de Talavera Delgado fueron los dos ejemplos más representativos de este impulso intersecular3, protagonizado casi exclusivamente por las cofradías de Arriba y Abajo -el primero era Mayordomo del Socorro y el segundo Hermano Mayor del Dulce Nombre-, pero no desde luego los únicos. En este sentido, no hay que olvidar que el mismísimo Romero Robledo fue, al menos durante los últimos años de su vida y hasta su muerte -ocurrida en 1906-, Hermano Mayor Honorario del Dulce Nombre, y asiduo integrante del guión la tarde del Viernes Santo. Como él, otros nombres representativos de las élites locales aparecieron ligados, de manera más o menos directa, a las celebraciones de Semana Santa: entre ellos, Ramón Checa, Joaquín Muñoz González del Pino, Ignacio de Rojas y Rojas, José García Berdoy y un etcétera que se iba alargando conforme avanzaba el siglo.

Rafael de Talavera Delgado (1863-1916),

 Hermano Mayor a  comienzos del siglo XX.

 

Al igual que en otros puntos de Andalucía donde en esos años estaba teniendo lugar una revitalización de su Semana Mayor similar a la antequerana, el Ayuntamiento fue el encargado de canalizar estos esfuerzos, aunque en realidad los límites entre la iniciativa municipal y la privada aparezcan con rasgos difusos en esta época. No debemos olvidar que en el organismo creado a tal efecto (la Junta de Festejos de Semana Santa, presidida por el alcalde), los verdaderos encargados de realizar las gestiones encaminadas a organizar un cada vez más amplio y diverso calendario de actos fueron, a través de sus propias cofradías, los ya citados Talavera y Rosales. Luego me ocuparé con mayor detenimiento del contenido lúdico/religioso de la conmemoración. Baste por ahora con apuntar como, al menos en lo que a promoción exterior se refiere, parece que los resultados alcanzados fueron altamente satisfactorios. Sin duda, como un componente básico de ese renacimiento cofradiero debe apuntarse la temprana y no menos sorprendente proyección turística, que por supuesto alcanzó a la capital de la provincia y al resto de las limítrofes, especialmente a Granada. Un esfuerzo en el que no faltaron elementos tan «modernos» como la apertura de una oficina de información turística (La Junta de Festejos -se escribía en el programa de actos de 1908- establece un servicio gratuito en la Jefatura de Orden Público para facilitar informes de hospedaje y hacer acompañar a los forasteros hasta las fondas o Restaurantes que elijan ... )4, y en el que la imagen de los «trenes botijo», a la que ya se refiriera hace varias décadas Muñoz Burgos5, se convirtió en el elemento más característico de una fiesta popular y multitudinaria como pocas6.

 Es significativo a este respecto que no ya sólo la propia -y muy mediatizada- prensa local cantase las excelencias de la Semana Santa antequerana, sino que también los mismísimos periódicos malagueños se refieriesen en términos elogiosos a ella: Antequera será, en los días de Semana Santa, como una colmena humana -se apuntaba desde «El Cronista» en la primavera de 1914-. De toda Andalucía, y especialmente de Granada y Málaga, de las comarcas fronterizas, acudirán a miles los visitantes... Fuera de Sevilla no hay en Andalucía otras procesiones que superen en fama y en esplendor a las de Antequera ... 7.

Pero, ¿cómo era la Semana Santa de principios del siglo XX? Puede que no tan distinta a la que nosotros conocemos, con la que compartía ciertos rasgos y similitudes formales, pero desde luego diferente en su concepción de fiesta «total», esto es, religiosa hasta el Viernes Santo y profana desde entonces; todo ello adornado con toques de paternalismo tan queridos por la burguesía de la Restauración, como la entrega de premios al trabajo y a la «virtud obrera». Como puede observarse, un período de eclecticismo, en el que todavía subsistían elementos del Antiguo Régimen -la explosión lúdica tras el fervor religioso de los días de Pasión-, junto a aportaciones decimonónicas -la necesidad de dar un sentido interclasista a los actos programados- y de pleno siglo XX, como sin duda es la consideración turística -y por ello de espectáculo- de los desfiles procesionales.

En cuanto al primer aspecto, al tratarse de unos años de reorganización, ni todas las primaveras hubo desfiles ni mucho menos procesionaron todas las cofradías. En realidad, entre 1900 y 1914 las únicas que acudieron a todas las citas anuales en las calles antequeranas fueron las hermandades de Arriba y Abajo. El mismo número de pasos -tres en cada caso- y parecidos recorridos a los actuales, aunque distintos horarios, ya que ambas procesionaban unidas a partir de las tres de la tarde, luego de que el Mayordomo del Dulce Nombre, junto a toda la comitiva de su cofradía, saliese desde su propio domicilio en dirección al del Mayordomo del Socorro, para marchar ambas comitivas hasta sus respectivas iglesias. Previamente, además, la llegada de las bandas militares a la ciudad era celebrada, desde su formación en la estación de ferrocarril, por una multitud que las acompañaba en todo su recorrido urbano: En el correo de las 12,45 de la tarde -escribía en 1900 el corresponsal en Antequera del diario malagueño «La Unión Mercantil»- llegaron, procedente de Málaga, la música de los Regimientos Borbón y Extremadura; en la de las dos y media vino de Granada la del Regimiento Córdoba, y en el último de la tarde entró la del regimiento de la Reina, que guarnece a Córdoba. Una gran muchedumbre de paisanos y de forasteros ocupaba la plaza de Cruz Blanca, y si guió tras de las bandas que recorrieron, tocando bonitas marchas, las principales calles de nuestra población, y se hospedaron en el hermoso cuartel de Infantería de la calle Alameda...8.

Algunos años procesionó también la cofradía de Servitas (el jueves santo, como ahora; pero también a las tres de la tarde) con sus tres pasos habituales, y todavía más ocasionalmente la de la Humildad (el miércoles santo)9, aunque quizá lo más novedoso de aquellos años fue la procesión del Santo Entierro, que se unió a los desfiles en torno a 1910: compuesta nada menos que por once pasos, procedentes de siete templos antequeranos y reunidos en la parroquia de San Sebastián, desde donde salían el viernes santo a partir de las nueve de la noche10. Con la parafernalia conocida (fuera del bullicio y sin música ni otro acompañamiento que los penitentes), pero con una explícita declaración de lo que era su modelo procesional, y por extensión el de toda la Semana Santa local: Todos los penitentes que acompañan a esta procesión llevan túnicas, capuchón, escapulario y careta, del mismo modelo que los usados por las cofradías de Sevilla...11.

El sábado por la mañana finalizaban los actos religiosos -tanto los externos, ya citados, como los que tenían lugar en el interior de los templos: misereres y salves-, y eran sustituidos por otros de carácter plenamente festivo y lúdico. El contraste, en una época donde las manifestaciones externas durante jueves y viernes santo estaban mucho más controladas que en nuestros días, debía ser tremendo. Piénsese que apenas unas horas más tarde de producirse el encierro del Santo Entierro, la ciudad se despertaba con una nueva y estruendoso procesión, pero ahora de gigantes y cabezudos, que, acompañados por músicas y rondallas, recorrerán las principales calles... Era el pistoletazo de salida de dos días intensos, el sábado de Gloria y el domingo de Pascua, convertidos en algo así como un ensayo general de la cercana feria de mayo.

Tras el desfile festivo, en el que solían participar, con otro repertorio, las bandas militares que habían acompañado a los pasos del viernes santo, se procedía a la inauguración del mercado de ganado, instalado junto a la Puerta de Granada, y también al «reparto de pan a los pobres» y a la entrega de los galardones «a la virtud y el trabajo», con los que el Ayuntamiento premiaba cada año a los cuatro obreros que se hubiesen distinguido por su dedicación a la empresa y su «intachable conducta» (y lo hacía con una cantidad importante, 125 pesetas, entonces el equivalente a un salario mensual), mientras que por la tarde se inauguraba la iluminación especial de calle Estepa.

El resto del fin de semana la fiesta continuaba con una corrida de toros o una novillada -celebrada indistintamente el sábado o el domingo por la tarde-, bailes nocturnos en el casino, fuegos artificiales, y veladas literarias y conciertos de música clásica en el Salón Rodas. Pero además, algunos de esos años el Ayuntamiento programó también espectáculos circenses, sesiones de cine abiertas al público (en el salón Moderno de la Alameda o en el propio salón Rodas), e incluso exhibiciones de globos aerostáticos y de aviación, como la que realizó en 1913 el piloto francés M. Mauvais en los llanos de Mancha.

Cuarenta y ocho horas intensas cerraban la Semana Santa. Una manera peculiar, pero bastante extendida en aquellos primeros años del siglo XX de despedir la cuaresma y recibir la primavera; costumbre que, sin embargo, se iría diluyendo en las décadas siguientes: la profunda crisis económica y social, abierta durante la Primera Guerra Mundial, que golpeó especialmente a las clases medias urbanas frustró, casi en sus inicios, un proyecto de promoción de la ciudad tan ambicioso como el que se estaba materializando en base a la riqueza cofradiera local. Así, apenas hubo desfiles profesionales en la ciudad en Antequera entre 1915 y 192312 , mientras que la tímida revitalización que tuvo lugar durante los últimos años de la Dictadura se limitó casi exclusivamente a aglutinar los esfuerzos cofradieros -de los años anteriores a la guerra sólo se mantuvo el reparto de pan a los pobres y el pasacalles de la banda municipal de música la mañana del sábado de gloria- 13. Pero, por supuesto, se abandonó la organización de las múltiples manifestaciones lúdicas que en el arranque de nuestro siglo se habían desarrollado conjuntamente con el renacimiento cofradiero, concentradas de forma definitiva desde entonces en las ferias de mayo y agosto.

 

NOTAS: 

(1)     Como apuntaba Jesús Romero, «La reorganización de antiguas cofradías es práctica bastante común en el último tercio del siglo XIX y en las dos primeras décadas del nuestro, partiendo del culto de unas determinadas imágenes que no habían dejado de ser veneradas por el pueblo. Sólo hizo falta renovar en parte los enseres profesionales y hacer participar en los cortejos -de manera más o menos sentida- a aquellas personas que, en cierto modo, se movían alrededor de importantes clanes familiares... Además, tampoco debemos olvidar que la Semana Santa española, y más concretamente andaluza, en las primeras décadas de este siglo comienza a ser considerada como un importante acontecimiento folclórico -dicho en la más noble de las acepciones- ideal para la atracción del turismo..». ROMERO BENITEZ, Jesús, «Las manifestaciones religiosas», en PAREJO, A. y ROMERO, J., eds., Antequera, memorias de una época. Cincuenta años de la vida de una ciudad a través de la fotografía, 1885- 1935. Antequera, 1992, p. 15 1. También José Escalante comparte esta opinión: «Será du rante el último tercio del siglo XIX y principios del XX cuando las cofradías comiencen a despertar y lentamente irán saliendo del largo letargo volviendo a reorganizarse y establecer las bases y.conceptos que en la actualidad hacen realidad este auténtico renacimiento cofrade». ESCALANTE JIMENEZ, José, «Historia de la Semana Santa de Antequera», Pregón, 1993, pp. 41- 95. La cita en página 93. 

(2)     Aunque la opinión que sigue esté probablemente sesgada por afinidad política de quien la escribió -un redactor del periódico malagueño «El Cronista», afín al partido conservador-, lo cierto es que León Motta (que además era secretario de la cofradía de «Abajo») desempeñó un papel muy importante en este resurgir cofradiero: ... este resurgimiento se debe en primer lugar al patriotismo, a la voluntad, a la energía del actual alcalde, D. José León Motta. Gracias a sus tenaces propósitos, Antequera ha salido de un penoso letargo, disponiéndose a cobrar nueva vida... El Sr León Motta, en efecto, realiza una labor incansable en beneficio de los intereses de su tierra. El Sr León Motta ve, en estos días, compensados sus afanes, como iniciador y organizador de las fiestas de Semana Santa, que tanto enaltecen la antigua Antikaria y que son admiración de propios y extraños... (abril de 1914).  

(3)     El polifacético Rafael Chacón se refería a ellos en términos tan elogiosos e hiperbólicos como los que siguen: ... Honor a la pericia de los encargados de poner en ejecución tan estupendo espectáculo religioso. Talavera y Rosales son dos genios organizadores, dos Alejandros, dos Césares, dos Napoleones, que si éstos movieron por el mundo triunfalmente las falanges macedónicas, las legiones ro manas y las águilas francesas, ellos movilizaron la expedición nocturna dominadora de los ánimos y de los sentimientos religiosos y patrióticos, desplegando aquella cohorte de penitentes en hábitos multicolores como mensajeros arrogantes del «Christus Imperat»... («Patria Chica», 20 de abril de 1914).  

(4)     (A)rchivo (D)íaz de (E)scovar. Caja 155, carpeta 2.  

(5)     MUÑOZ BURGOS, José, Un siglo de historia de Antequera a través de la prensa local. Antequera, 1968, p. 44. 

(6)     El Ayuntamiento tenía firmado un convenio con la Compañía de Ferrocarriles Andaluces por el que ésta en su afán de identificarse con el público establecerá billetes económicos de ida y vuelta en los trenes ordinarios y trenes botijo para el Viernes Santo y Domingo de Pascua... (ADE, caja 155, car- peta 3). Sin embargo, la Junta de Festejos no consiguió que el primero de esos dos días los trenes retrasaran su regreso a Málaga hasta después de que se corriesen las vegas: ... Los innumerables forasteros de Andalucía y aún de más lejos -se escribía en la prensa local en 1914- que visitan Antequera en Semana Santa y que en fiestas extraordinarias como las de este año y otros pasados, forman la inmensa concurrencia que llena nuestras calles y cuaja de gente nuestros balcones, si bien satisfacen su curiosidad y reciben imponderables impresiones ante el soberbio espectáculo del paso de las cofradías de Arriba y de Abajo, e item más este año las del Santo Entierro, se marchan, sin embargo, porque el tren de vuelta sale a las 10 de la noche del viernes santo, sin haber gozado del cuadro incomparable por lo típico, original, de intensidad pintoresca única en su género y de que no hay idea en las poblaciones de más fama en el orden de estas solemnidades reli- giosas... («Patria Chica», 20 de abril de 1914).   

(7)     «El Cronista», abril de 1914.  

(8)     «La Unión Mercantil», 5 de marzo de 1900. 

(9)     La cofradía de la Humildad y la Oración en el Huerto, fundada en 1596 en el convento de la Victoria (e instalada posteriormente en una capilla anexa, la de la Humildad, entre el convento y el palacio de los marqueses de la Peña), se refundió en una fecha indeterminada entre finales del XVIII y comienzos del XIX, con la Hermandad de Ntra. Sra. de los Desamparados. Los pasos que procesionaron en el único año del período tratado que tengo constancia de su salida (1908), fueron los de la Oración del Huerto (conocido como el de «los durmientes», llegó a ser, según Escalante, «el más espectacular de nuestra Semana Mayor, ya que se trataba de los denominados de «misterio», que contenía a Cristo arrodillado orante, un ángel de tamaño natural, junto a un olivo, y además lo completaban las imágenes de bulto de tres apóstoles, dormidos a los pies del olivo». ESCALANTE JIMENEZ, José, art. cit., p. 66.), el Cristo de la Humildad (hoy en la iglesia de Ntra. Sra. del Loreto) y la Virgen de los Desamparados (en la actualidad en la cofradía de Mena de Málaga). 

(10)  Los «pasos» eran los siguientes: La Cruz de Moisés de la iglesia del Carmen, la Oración del Huerto (San Agustín), Jesús Preso (La Trinidad), Cristo del Perdón (Capuchinos), Cristo de la Sangre (San Zoilo), Jesús Caído (Belén), Crucificado (Los Remedios), Stabat Mater (Los Remedios), Virgen de las Angustias (El Carmen), Santo Sepulcro (El Carmen), Virgen de la Soledad (El Carmen). 

(11)  «Patria Chica», Semana Santa de 1914. 

(12)  Pueden leerse los pesimistas editoriales de «El Sol de Antequera» sobre esta cuestión, especialmente el de 1922 (16 de abril). Sin embargo, al año siguiente el semanario publicaba por primera vez en su historia un número extraordinario de Semana Santa (25 de marzo de 1923), síntoma inequívoco de esta nueva revitalización cofradiera.

(13) ... El temor de que no salieran a la calle nuestras Cofradías -se escribía en 1929- en uno o varios años seguidos no carecía de fundamento. En efecto, cualquiera que tenga memoria recordará, sin remontarse a lejanas épocas, que aquí transcurrían quinquenios enteros sin que se manifestara públicamente la fe religiosa... Hubo intentos laudables, que demostraron la posibilidad y conveniencia de hacer grandes fiestas en Semana Santa to- dos los años; más no se consiguió esto, por vicisitudes conocidas, interrumpiéndose el propósito y quedando a voluntad de las cofradías salir en procesión cuando buenamente querían o podían... «Antequera por su Amor», abril de 1929.